Han pasado diez años desde que llegó a Barahona, una región a la que fue enviado en 2015 y que, según él mismo confiesa, le enseñó a ser obispo.
Cuando el teléfono sonó para comunicarle que el papa León XIV lo había designado nuevo obispo de la Diócesis de La Vega, monseñor Andrés Napoleón Romero Cárdenas experimentó una mezcla de emociones difíciles de explicar.
La sorpresa fue la primera.
Luego llegaron el miedo, la gratitud, la confianza y, finalmente, la nostalgia. Una nostalgia profunda, serena, de esas que se sienten cuando se deja atrás un lugar que termina convirtiéndose en hogar.
“Estas noticias siempre sorprenden, puesto que el consagrado no se pertenece; no es él quien elige el lugar de misión. En nuestro caso quien designa es el Papa. Por tanto, me sorprendió”, dice al conceder a Listín Diario sus primeras declaraciones tras el anuncio de su traslado a la diócesis vegana.
Han pasado diez años desde que llegó a Barahona, una región a la que fue enviado en 2015 y que, según él mismo confiesa, le enseñó a ser obispo.
No habla como quien deja un cargo. Habla como quien se despide de una familia. “Aprendí a ser obispo en Barahona”, dice con la voz cargada de emociones.
Y entonces hace una pausa.
“Siento mucha nostalgia de dejar mi Diócesis de Barahona, donde me ayudaron y me apoyaron a lo largo de esta misión. Siento tristeza dejarla”, reflexionó.
El miedo de comenzar de nuevo
Aunque su designación representa un nuevo desafío pastoral, admite que el anuncio le produjo “algo de miedo”.
No es el miedo a la responsabilidad, sino el que sienten quienes entienden la dimensión de una misión que les supera.
“Miedo porque la misión siempre nos sobrepasa, pero confiamos en aquel que nos ha llamado y nos envía. Él pondrá lo que nos falta”, afirma.
Sin embargo, enseguida aparece la otra palabra que más repite durante la conversación: confianza.
“Confianza, mucha confianza. El Señor es fiel y así como me ha sostenido en Barahona y en todo mi camino sacerdotal, sé que lo hará en esta nueva misión”, explicó.
También hay alegría.
“No podemos servirle a Él con tristeza y disgusto. Quien le sirve siempre sale ganando”, expresa.
Los colores del mar y la temperatura de Polo
Cuando se le pregunta qué extrañará de Barahona, no comienza hablando de templos ni de estructuras eclesiásticas, sino que habla de la gente, del cariño de las comunidades, de la generosidad de los campesinos y de las lecciones de solidaridad que aprendió en los lugares más apartados de la región.
“Siempre extrañaré de la Diócesis su cariño transparente, sentido, sobrio y fuerte; el testimonio de trabajo y compromiso de los equipos con quienes he trabajado y la generosidad de las comunidades rurales que me dieron grandes lecciones de solidaridad y desprendimiento”, expuso con ese nudo en la garganta de quien se va, pero que su corazón se queda.
Después aparecen los paisajes.
Porque quien ha vivido en el Suroeste sabe que esta tierra también se lleva en la memoria.
“Extrañaré la belleza sin par de la región: los colores del mar, la temperatura de Polo, las vistas de la costa, las fiestas patronales con sus tradiciones”.
Y también las conversaciones. Las convivencias sencillas. Las largas jornadas de trabajo compartidas con sacerdotes, religiosas y agentes pastorales.
“Las convivencias con los sacerdotes, francas y fraternas. La fortaleza de los misioneros y misioneras que me animaban siempre con su testimonio”, indica.
En resumen, dice, extrañará todo. “En fin, todo lo que viví en esta región lo extrañaré”.
La Vega, una Iglesia con más de cinco siglos
La nueva misión comienza ahora. No tiene un plan de gobierno ni grandes anuncios. Habla, más bien, de caminar. “La primera acción es integrarme a una Iglesia que tiene más de 500 años de camino”.
Y define cuáles serán sus prioridades: los sacerdotes, las vocaciones y los jóvenes.
“Para un obispo, los sacerdotes son sus colaboradores más cercanos. La atención y el acompañamiento de ellos serán prioridad para mí. Igual las vocaciones”, expuso el recién designado obispo de La vega.
Sobre la juventud es enfático.
“Los jóvenes también entiendo que debemos darles una seria atención”.
Reconoce que uno de los grandes desafíos de la Iglesia actual es la indiferencia religiosa y considera que la evangelización debe renovarse sin perder su esencia.
“Las nuevas tecnologías deben ponerse al servicio del Evangelio, siempre cuidando que no nos deshumanicen”.
El legado que no quiere llamar legado
Cuando se le pregunta por la huella que deja en Barahona, rehúye la palabra legado.
“No me atrevo a hablar de legado”. Prefiere describir su paso por el Suroeste como un trabajo discreto, centrado en acompañar a la gente, en estar cerca y en animar.
“Tal vez lo más real haya sido animarlos permanentemente a creer y a confiar en Dios, convencidos de que pueden salir adelante”, dice. También dice haber insistido en dos cosas: valorar los recursos de la región e impulsar la educación.
Porque, según su visión, el desarrollo de los pueblos pasa inevitablemente por la formación de su gente.
El Barahona que sueña
Aunque se marcha, Monseñor Andrés Napoleón Romero Cárdenas deja confesados algunos sueños: quiere ver concluida la Presa de Monte Grande con todos sus canales, quiere ver a los campesinos cultivando las tierras prometidas y sueña con un puerto libre de contaminación y capaz de impulsar el turismo.
Otras de las cosas con las que sueña para Barahona y la región es una ciudad menos contaminada y con un pueblo empoderado de su propio desarrollo.
“Me gustaría ver completada la obra de Monte Grande con todos sus canales, a los campesinos beneficiarios con tierras disponibles para cultivar, un puerto sin contaminación y apto para el desarrollo del turismo, menos contaminación en la ciudad de Barahona y un pueblo empoderado de su desarrollo”.
Finalmente, el hombre que durante diez años pastoreó la Diócesis de Barahona deja un mensaje para quienes fueron sus compañeros de misión.
A los sacerdotes, religiosas, misioneros, así como todos los que caminaron junto a él: “que valoren y amen la misión, que privilegien siempre a los más pequeños y vulnerables y que sirvan con amor y alegría”.
Entonces la conversación termina, pero queda la impresión de que, aunque el nuevo obispo de La Vega se marcha por obediencia al llamado de la Iglesia, una parte de él permanecerá en este rincón del Suroeste donde, según sus propias palabras, aprendió a ser obispo.