Criado en San José de las Matas y cibaeño de pura cepa, construyó una carrera histórica sin haber tomado nunca clases de canto ni saber leer las partituras de piezas musicales.
Alex Bueno fue una de las voces más completas y prodigiosas que ha dado República Dominicana, reconocido dentro de la industria como “el cantante favorito de los cantantes”.
Criado en San José de las Matas y cibaeño de pura cepa, construyó una carrera histórica sin haber tomado nunca clases de canto ni saber leer las partituras de piezas musicales.
Asimismo, logró dominar el merengue, la bachata, el bolero y la salsa, dejando una huella en la historia musical del país.
Durante una entrevista con el reconocido productor y compositor musical dominicano, Junior Cabrera, creador del programa «10 Preguntas», Bueno reveló que sus inicios profesionales se dieron a los 15 años junto a Gerardo Veras.
Sin embargo, su primer gran salto ocurrió cuando fue llamado por Fernando Villalona.
El intérprete confesó a Cabrera que cumpliendo un anhelo de su madre, debutó en la orquesta del “Mayimbe” sin un solo ensayo previo, confiando en que conocía todo el repertorio nacional de memoria, etapa de la cual quedó el registro del exitoso tema Piel Canela.
Tras la salida temporal de Villalona de los escenarios por problemas legales, Bueno se unió a figuras como Andrés de Jesús y el productor Bienvenido Rodríguez para formar la Orquesta de Liberación, bautizada así por el locutor Frank Moya.
Aunque la agrupación redefinió el mercado, terminó disolviéndose por diferencias artísticas; Andrés de Jesús decidió formar su propio proyecto y llegó a borrar la voz principal de Alex de un disco ya grabado para colocar a Rey Polanco, dejando intactos únicamente los coros debido a la afinación de Bueno.
En los estudios de grabación, se negaba a escuchar la melodía de una canción nueva más de una o dos veces para evitar que se le infiltrara el estilo del intérprete original.
Además, poseía la inusual capacidad de grabar temas de altísimas notas vocales de arriba a abajo, en una sola toma y sin necesidad de ediciones o “ponches”.
Éxitos de la talla de «Un imposible amor», «El hijo de Yemayá» y «Soy rebelde» (esta última grabada a las siete de la mañana tras un largo viaje desde el Cibao) fueron plasmados con esta técnica.
Bueno comentó durante la conversación, que solía afirmar que su único secreto para mantener la voz intacta durante múltiples presentaciones era, simplemente, el descanso y el sueño.
En la década de los ochenta, su trabajo junto a arreglistas de la talla de Manuel Tejada y Ramón Orlando marcó un antes y un después en el sonido del merengue.
Con la grabación de «Querida», el cantante descubrió su asombrosa facilidad para alcanzar tesituras agudas, en un tema cuyos metales se grabaron en una sola sesión conjunta.
Posteriormente, con la adaptación del vallenato «Colegiala», la orquesta introdujo por primera vez la guitarra eléctrica y la batería electrónica al ritmo dominicano, forzando a las demás agrupaciones a modernizar sus esquemas.
Su instinto también lo llevó a proponer exitosas adaptaciones de baladas de artistas como Julio Iglesias (Me va, me va) y Leo Dan.
Viajó a grabar a Nueva Jersey. Al interpretar la salsa «Jardín Prohibido», bajo la dirección de metales de Luis Perico Ortiz y con músicos boricuas, el maestro quedó tan impresionado con la toma limpia del dominicano que advirtió a los salseros tradicionales que debían cuidarse de él.
De esa misma época neoyorquina sobrevive la anécdota de que el productor Bienvenido Rodríguez lo mantenía encerrado en el hotel Sheraton para obligarlo a descansar la voz, pero el artista se fugaba en un taxi hacia Manhattan en la madrugada para visitar a quien hoy es su esposa.
Detrás del fulgor de las tarimas, Alejandro Bueno confesó durante la plática con Cabrera que el instante más difícil de su vida fue cuando su madre lo expulsó de su casa a causa de sus adicciones.
Eso lo motivó a cambiar. Logró mantenerse en estricta sobriedad durante los últimos once años de su vida, encontrando estabilidad en su fe cristiana, en su esposa Sara y en el nacimiento de su hijo menor, Wilber, concebido tras largos tratamientos de fertilidad.
En su etapa de madurez, el artista llegaba horas antes a sus conciertos por respeto al público y a los músicos. Implementó el uso de monitores in-ear para cuidar los detalles en vivo, y estableció un sistema de orquestas satélites en plazas como Nueva York, Chile y Puerto Rico para optimizar sus giras internacionales.
Hasta sus últimos días rechazó el discurso de que el merengue estuviera en crisis, recordando sus presentaciones ante 300,000 personas en festivales chilenos.
Aunque fue un duro crítico de las letras denigrantes del dembow moderno, siempre respetó la evolución de los ritmos.
Con su adiós, el país despide al hombre que hizo del grito «¡Ay Dios Mío!» una marca registrada.