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El inevitable final del tirano

Por José Alejandro Vargas No fue sino hasta que un puñado de hombres lo emboscó en la autopista 30 de Mayo, y con una lluvia de proyectiles le ordenó que se largara para siempre, con todos sus secuaces. No hubo forma de convencer al tirano para que descendiera del presumido pedestal mesiánico que había construido alrededor del ejercicio del poder omnímodo, prevalido de una estulta vanidad que lo llevó a pretenderse el predestinado de la inmortalidad y la errónea concepción de que la verdad solo comportaba exactitud cuando era el resultado de sus inspiraciones, y no de la interpretación que de ella hace la comunidad en búsqueda del consenso democrático. Nunca lograron hacerlo entrar en razón para que entendiera que la esencia del hombre fue primero que su existencia y que de ahí se concluye...