Por: Edward Pérez
La clase política opera como un astrolabio de oro que intenta medir la profundidad de un charco. Tienen bibliotecas enteras de teoría y discursos que brillan como monedas nuevas, pero al final del día, su capital intelectual se reduce a dos centavos de raciocinio que chocan ruidosamente en un bolsillo vacío.
Navegan con mapas que ellos mismos dibujaron, convencidos de que el norte queda donde ellos apuntan con el dedo, mientras el barco se deshace en el agua de la realidad. Diseñan puentes magníficos donde no hay ríos, y cuando la gente les pide tierra firme, responden inaugurando una placa sobre el lodo. Gastan millones explicando por qué no tienen un centavo de sentido común.
El sentido común es un idioma que la política dejó de hablar hace décadas; ahora solo balbucean en una moneda devaluada que nadie puede cambiar por soluciones.
La política no es solo un error de cálculo, sino un teatro de la desconexión.
*Anatomía del Despropósito*
Si el sentido común es el oxígeno de la vida cotidiana, la clase política ha aprendido a respirar bajo el agua.
La política actual es como un capitán que insiste en estudiar la aerodinámica de las anclas mientras el barco está encallado en una duna de arena. Tienen el raciocinio suficiente para debatir el peso del metal, pero carecen del sentido común para notar que no hay mar. Es la inteligencia aplicada al vacío: lógica impecable sobre premisas inexistentes.
*El Banquero de la Nada*
Esos dos centavos son el ruido que hacen sus ideas al chocar. Es un sonido constante, una «moneda» que pasa de mano en mano en los debates, pero que no tiene poder adquisitivo en el mercado de la realidad. Con dos centavos no compras pan, y con el raciocinio político actual no se arregla un bache, porque el político está demasiado ocupado analizando la «ontología del agujero».
*»La política es el arte de hacer sonar dos centavos de raciocinio en un bolsillo donde hace falta un billete entero de sentido común.»*





